García Márquez escribió que las mujeres son las que sostienen este mundo en pie. Largas décadas de experiencia dan peso a sus palabras. Personalmente, con la poca experiencia de la juventud que algunos ponen en duda, coincido con el hombre que tantas veces he leído.
Desde el primer sorbo de aire que experimenté en este mundo, para el cual hice esperar con ansiedad a mi madre, como con la intención plena de aquel que roba la escena y hace finalmente una entrada dramática en la más predecible de las películas para poner en vilo a la protagonista; desde ese momento y en adelante, en mi deambular por los sitios que me han llevado mis decisiones, siempre reaparece la figura femenina, con la misma estampa, el mismo ímpetu, la fortaleza y la tenacidad, arraigada en algún sitio que los hombres desconocemos y no comprendemos. Desde el pequeño El Salvador con las estampas de una niñez que resulta borrosa acompañado por tres generaciones de incansables mujeres de la familia; hasta el vasto México, con el privilegio de un satelite que iluminó mi estancia y dió lecciones interminables del esfuerzo y el coraje por perseguir los sueños en los escenarios más aridos.
Entenderlo volvería fácil interpretar la última de las imágenes que guardo en mi álbum de memorias, la de una pequeña oficina de ingeniería ubicada en el centro de una ciudad de contrastes, donde las mujeres hacen que las cosas sucedan; no buscan excusas, no encuentran pretextos…
Todas las generaciones que he conocido y las que se sumarán, las que invaden el espacio con su risa intensa, las de los gestos irrepetibles, las que alzan la voz, se pronuncian y defienden lo que creen, las creativas, las de las bromas espontaneas, las de las tertulias interminables, las que se indignan con lo que hacemos, las solidarias, las que van por el camino difícil, las de los pequeños detalles, las que trabajan incansablemente.
Las que vuelven realidad las palabras de García Márquez…
Desde el primer sorbo de aire que experimenté en este mundo, para el cual hice esperar con ansiedad a mi madre, como con la intención plena de aquel que roba la escena y hace finalmente una entrada dramática en la más predecible de las películas para poner en vilo a la protagonista; desde ese momento y en adelante, en mi deambular por los sitios que me han llevado mis decisiones, siempre reaparece la figura femenina, con la misma estampa, el mismo ímpetu, la fortaleza y la tenacidad, arraigada en algún sitio que los hombres desconocemos y no comprendemos. Desde el pequeño El Salvador con las estampas de una niñez que resulta borrosa acompañado por tres generaciones de incansables mujeres de la familia; hasta el vasto México, con el privilegio de un satelite que iluminó mi estancia y dió lecciones interminables del esfuerzo y el coraje por perseguir los sueños en los escenarios más aridos.
Entenderlo volvería fácil interpretar la última de las imágenes que guardo en mi álbum de memorias, la de una pequeña oficina de ingeniería ubicada en el centro de una ciudad de contrastes, donde las mujeres hacen que las cosas sucedan; no buscan excusas, no encuentran pretextos…
Todas las generaciones que he conocido y las que se sumarán, las que invaden el espacio con su risa intensa, las de los gestos irrepetibles, las que alzan la voz, se pronuncian y defienden lo que creen, las creativas, las de las bromas espontaneas, las de las tertulias interminables, las que se indignan con lo que hacemos, las solidarias, las que van por el camino difícil, las de los pequeños detalles, las que trabajan incansablemente.
Las que vuelven realidad las palabras de García Márquez…
No hay comentarios:
Publicar un comentario