sábado, 22 de enero de 2011

El cuento de los olores

El ruido del bebe lo hizo reaccionar del letargo en el que había caído, pensativo como ya se había vuelto costumbre los últimos meses. Ya habían transcurrido varios días desde que había vuelto a casa con el inesperado visitante.

Fue grande la sorpresa cuando Margarita le pidió llevarlo a casa y cuidarlo por unos días. Aquella semana el trabajo no daba tregua para ella y resultaba tan sofocante como el calor mismo de la ciudad; las jornadas de trabajo alcanzaban la noche con la mayor naturalidad. Nunca supo a ciencia cierta por qué lo encargaba a su cuidado y contra su naturaleza curiosa, ni siquiera tuvo la intención de preguntarlo, simplemente accedió con el mismo ánimo que solía aceptar sus propuestas. Se limitó a ver al niño con curiosidad, había visto fotos antes, pero era la primera vez que lo tenía cerca; vestía un pequeño traje morado, el primero que Margarita encontró en el ajetreo matinal diario. El mismo traje con el que él lo había vestido hoy, el último día que lo cuidaría.

Miró hacia la silla blanca que se esforzaba por funcionar como buró junto a la cama, siguió escudriñando con la mirada el resto de la habitación, recapacitó en que ese era el único espacio del apartamento que realmente habitaba; lo había alquilado temporalmente y ahora le parecía absurda su insistencia por encontrar un apartamento amplio y cómodo como su antigua casa. Le gustaba pensar que ella se sentía cómoda en esa casa y buscaba replicar el espacio. 

Cuando terminó de recorrer el cuarto, recordó haber colgado la camisa en el armario. ‘Debe estar ahí’, se dijo a sí mismo. Abrió la puerta y saltó inmediatamente a sus ojos el pequeño teléfono que tanto le gustaba, el más barato que había podido encontrar y al que él mismo sometía a continuas bromas. Lo revisó ansioso en búsqueda de mensajes y al no encontrar nada, regresó a la habitación. ‘Tu mamá no nos ha llamado’, dijo con tono taciturno, aunque con el optimismo que le despertaba dirigirse al pequeño. Extrañamente había llegado a identificarse con él, y como no lo hubiera imaginado cuando lo recibió, sabía que lo extrañaría.

Lo sacó con cuidado de la cuna y lo recostó junto a él, en la gran cama desvencijada que, con frecuencia revivía su fiel dolor de espalda. Se acostó con la mirada hacia arriba y alzó al niño por encima suyo, mirándolo fijamente, con la misma ternura con que solía observar a su madre, consiente de cuanto la incomodaba cuando lo hacia. Lo bajó hasta su pecho peludo y reclinó allí su cabeza. Pese a ser terreno tan distante de los suaves y tibios senos que solían acogerlo, se sintió cómodo, rodó ligeramente su cabecita, y como de común acuerdo, ambos suspiraron.

Todavía encontraba en él, rastros del aroma de su madre, quizá más guardados en su imaginación que impregnados en la piel del bebé. Hablaba con él como si de un adulto se tratase, con los mismos comentarios cargados de ironía con los que se esforzaba por hacer reír a Margarita; proposito que usualmente conseguía y en el que encontraba satisfacción, recibia sustento de aquella risa graciosa y del cumulo de gestos que la acompañaban. Sin entender nada, el pequeño también reía.

Eran casi las ocho de la noche y ella aun no aparecía, mientras él revisaba el reloj, indeciso del ritmo que quería que siguiera. Depositando al bebé en la cuna, se aproximó a la ventana y observó el cielo más oscuro y sin brillo que podía recordar; sin sentido alguno, la escena le recordó su poema favorito de Neruda, tantas veces repetido pensando en ella: “… La noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos…”. ‘Qué asco, antes nunca me había gustado Neruda’, pensó, ‘Como cambian las cosas’. Los toques a la puerta le cortaron los pensamientos, se apresuró a abrir, pero distinguió por la ventana una silueta masculina y disminuyó el paso. Abrió despacio la puerta y sin que pudiera decir nada, el administrador se adelantó a preguntar a qué hora dejaría libre el apartamento el día siguiente. ‘A media mañana’, respondió.

Cerró la puerta y regresó a la habitación, solo se escuchaba el leve balbuceo del pequeño, que cesó cuando él se tropezó y cayó al piso. Al irse de bruces recordó la palidez que le producía su mideo a las alturas y como fue objeto de diversión el día que lo convencieron de hacer canopy, con tembladera de piernas incluida. Se levantó, vio la cuna y ante el silencio, dijo: ‘¿Quién cuida de quién?’, burlándose de sí mismo.  Al volver hacia la cuna, le volvió a sorprender lo gracioso que le resultaban las posiciones que el niño adoptaba; tenía la mano, mínima, sobre su boca, y con sus grandes ojos templados lo observaba.

Lo levantó nuevamente de la cuna y lo meció suavemente durante largo rato. Sin quererlo, el vaivén lo transportó al jardín donde meses antes había columpiado a su madre; lo cursi de la escena lo hizo reír, y a pesar de eso, se llenó de melancolía. Tras esta, fueron cayendo una tras otra, como piezas de dominó que había guardado y enllavado en algún rincón de su cabeza, las aventuras que habían emprendido juntos en tan poco tiempo. No fue capaz de recordar una sola que fuera sensata, y sin embargo, le transmitía paz pensar en ellas. Envuelto en recuerdos, miró a la cama y clavó la mirada en el espacio que ella había ocupado y que le reservaba desde la primera noche que habían compartido. La recordó durmiendo hasta tarde, disfrutando del sueño como nadie que hubiera conocido antes. El esfuerzo de despertarse temprano, para que como en el teatro cuando se abre el telón, estar expectante contemplándola, jugando con su cabello, viendo la lluvia de lunares esparcidos por su piel desnuda, con sus miradas tratando de redibujar el pequeño lunar junto a su ceja.

Inoportunamente, la puerta sonó por segunda vez, ahora, una delicada silueta femenina era la que aguardaba tras la puerta, con un tacón impaciente repicando sobre el piso. La encontró con el brillo que la caracterizaba, con el afán incorregible de morder su labio inferior. ‘Me estoy orinando’ dijo ella y se apresuró a pasar. Se sentó un momento en el sofá, lugar inhóspito para él, a esperarla. Ella no demoró y al salir del baño, se sentó junto a él. Pidió permiso para fumar, ‘Estás en tu casa’, le respondió. Sacó su infaltable caja de cigarros de la cartera, deslizó uno hacia afuera y lo depositó entre sus labios, aproximando el encendedor. Él se apresuró a salvaguardar con sus manos la tenue llama que cedía ante el viento que se colaba por la ventana.

‘Se parece a mí’, bromeó él. ‘Talves en la nariz’, respondió ella, siguiendo la broma. Conversaron levemente, apagó su cigarro y se dirigió al cuarto, preparó la maletera del bebé y lo tomó en sus brazos. ‘Se ha impregnado de tu aroma’ le dijo. ‘Estuvo recostado sobre mi pecho’ replicó él. ‘Pobrecito mi bebé, no lo dejamos tener su propio olor’ siguió ella. Él se limitó a seguirla escuchando y a tratar de rastrear todos sus gestos, tratando de capturarlos de algún modo para sí mismo.

Caminaron juntos hacia la puerta, donde se despidieron; un abrazo y un ligero beso a ella y al niño le resultaron insuficientes, pero no se le ocurrió nada más y se conformó con ello. Los vio caminar hacia el auto, y sabiendo que no volvería a verlos, pensó en todo lo que había aprendido de ella y del niño, cuanto la quería y lo difícil que sería olvidarla. Regresó sobre sus pasos y volvió a preguntarse: ‘¿Quién cuidó de quién?’. Sonrió. Ya tenía la respuesta.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Los lugares cambian demasiado rápido.


Hace algunos días llegué a un sitio que ya me había albergado antes. Los mismos lugares y las mismas personas, el calor asfixiante que ya muchas veces me había recibido y que ha multiplicado progresivamente mi amor tan poco ecológico por el aire acondicionado. 

Una llegada distinta, con la ausencia de una recepción previamente anunciada y como alguna otra ocasión, con una negociación desventajosa con un amable taxista, con los que nunca he podido pasar como local, marcado desde la primera palabra como extranjero sin que el acento sea notablemente distinto, en el que unos cambiamos eses por jotas sin ningún reparo y otros prefieren olvidarse de ellas por completo.

El regateo rindió frutos y al final pagué la mitad de lo que me pedían, me adentré en la ciudad y encontré todo distinto, la ruta no fue la misma, mi destino inicial no era el de siempre, un paso intermedio antes de llegar al lugar donde desempeñé durante el último año el arcoíris de roles más diversos en el lapso de tiempo más corto que pueda recordar.

Pisé el lugar, observé con cuidado a la más inusual de las recepcionistas, enseñoreada en su espacio, esperando me dedicara una mirada fulminante con un enojo cuyos orígenes solo encuentran sentido en una pérdida de privilegios que yo provoqué. No hubo tal mirada, algo había cambiado en todo el entorno, lo supe entonces y un par de días después, al despedirme de aquel lugar, lo asimilé.

Las cosas pueden permanecer estáticas con el largo paso del tiempo o dar un giro radical en un pequeño lapso. Con solo cambiar el punto de vista, salir y volver. Pero al final el tiempo depende de nosotros, el tiempo se acelera y se detiene acorde a la intensidad con que vivimos. Los lugares que hemos convertido en nuestra casa dejan de serlo con la frecuencia con que renovamos nuestros ciclos y nuestra mirada apunta en nuevas direcciones, esperando que pronto esa dirección sea la del sitio en el que nos encontramos ya, un sitio donde podamos detenernos.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Las mujeres y los pequeños hombres

García Márquez escribió que las mujeres son las que sostienen este mundo en pie. Largas décadas de experiencia dan peso a sus palabras. Personalmente, con la poca experiencia de la  juventud que algunos ponen en duda, coincido con el hombre que tantas veces he leído.

Desde el primer sorbo de aire que experimenté en este mundo, para el cual hice esperar con ansiedad a mi madre, como con la intención plena de aquel que roba la escena y hace finalmente una entrada dramática en la más predecible de las películas para poner en vilo a la protagonista; desde ese momento y en adelante, en mi deambular por los sitios que me han llevado mis decisiones, siempre reaparece la  figura femenina, con la misma estampa, el mismo ímpetu, la fortaleza y la tenacidad, arraigada en algún sitio que los hombres desconocemos y no comprendemos. Desde el pequeño El Salvador con las estampas de una niñez que resulta borrosa acompañado por tres generaciones de incansables mujeres de la familia; hasta el vasto México, con el privilegio de un satelite que iluminó mi estancia y dió lecciones interminables del esfuerzo y el coraje por perseguir los sueños en los escenarios más aridos.


Entenderlo volvería fácil interpretar la última de las imágenes que guardo en mi álbum de memorias, la de una pequeña oficina de ingeniería ubicada en el centro de una ciudad de contrastes, donde las mujeres hacen que las cosas sucedan; no buscan excusas, no encuentran pretextos…


Todas las generaciones que he conocido y las que se sumarán, las que invaden el espacio con su risa intensa, las de los gestos irrepetibles, las que alzan la voz, se pronuncian y defienden lo que creen, las creativas, las de las bromas espontaneas, las de las tertulias interminables, las que se indignan con lo que hacemos, las solidarias, las que van por el camino difícil, las de los pequeños detalles, las que trabajan incansablemente.


Las que vuelven realidad las palabras de García Márquez…