domingo, 19 de diciembre de 2010

Los lugares cambian demasiado rápido.


Hace algunos días llegué a un sitio que ya me había albergado antes. Los mismos lugares y las mismas personas, el calor asfixiante que ya muchas veces me había recibido y que ha multiplicado progresivamente mi amor tan poco ecológico por el aire acondicionado. 

Una llegada distinta, con la ausencia de una recepción previamente anunciada y como alguna otra ocasión, con una negociación desventajosa con un amable taxista, con los que nunca he podido pasar como local, marcado desde la primera palabra como extranjero sin que el acento sea notablemente distinto, en el que unos cambiamos eses por jotas sin ningún reparo y otros prefieren olvidarse de ellas por completo.

El regateo rindió frutos y al final pagué la mitad de lo que me pedían, me adentré en la ciudad y encontré todo distinto, la ruta no fue la misma, mi destino inicial no era el de siempre, un paso intermedio antes de llegar al lugar donde desempeñé durante el último año el arcoíris de roles más diversos en el lapso de tiempo más corto que pueda recordar.

Pisé el lugar, observé con cuidado a la más inusual de las recepcionistas, enseñoreada en su espacio, esperando me dedicara una mirada fulminante con un enojo cuyos orígenes solo encuentran sentido en una pérdida de privilegios que yo provoqué. No hubo tal mirada, algo había cambiado en todo el entorno, lo supe entonces y un par de días después, al despedirme de aquel lugar, lo asimilé.

Las cosas pueden permanecer estáticas con el largo paso del tiempo o dar un giro radical en un pequeño lapso. Con solo cambiar el punto de vista, salir y volver. Pero al final el tiempo depende de nosotros, el tiempo se acelera y se detiene acorde a la intensidad con que vivimos. Los lugares que hemos convertido en nuestra casa dejan de serlo con la frecuencia con que renovamos nuestros ciclos y nuestra mirada apunta en nuevas direcciones, esperando que pronto esa dirección sea la del sitio en el que nos encontramos ya, un sitio donde podamos detenernos.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Las mujeres y los pequeños hombres

García Márquez escribió que las mujeres son las que sostienen este mundo en pie. Largas décadas de experiencia dan peso a sus palabras. Personalmente, con la poca experiencia de la  juventud que algunos ponen en duda, coincido con el hombre que tantas veces he leído.

Desde el primer sorbo de aire que experimenté en este mundo, para el cual hice esperar con ansiedad a mi madre, como con la intención plena de aquel que roba la escena y hace finalmente una entrada dramática en la más predecible de las películas para poner en vilo a la protagonista; desde ese momento y en adelante, en mi deambular por los sitios que me han llevado mis decisiones, siempre reaparece la  figura femenina, con la misma estampa, el mismo ímpetu, la fortaleza y la tenacidad, arraigada en algún sitio que los hombres desconocemos y no comprendemos. Desde el pequeño El Salvador con las estampas de una niñez que resulta borrosa acompañado por tres generaciones de incansables mujeres de la familia; hasta el vasto México, con el privilegio de un satelite que iluminó mi estancia y dió lecciones interminables del esfuerzo y el coraje por perseguir los sueños en los escenarios más aridos.


Entenderlo volvería fácil interpretar la última de las imágenes que guardo en mi álbum de memorias, la de una pequeña oficina de ingeniería ubicada en el centro de una ciudad de contrastes, donde las mujeres hacen que las cosas sucedan; no buscan excusas, no encuentran pretextos…


Todas las generaciones que he conocido y las que se sumarán, las que invaden el espacio con su risa intensa, las de los gestos irrepetibles, las que alzan la voz, se pronuncian y defienden lo que creen, las creativas, las de las bromas espontaneas, las de las tertulias interminables, las que se indignan con lo que hacemos, las solidarias, las que van por el camino difícil, las de los pequeños detalles, las que trabajan incansablemente.


Las que vuelven realidad las palabras de García Márquez…